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«Le oí por fin aparcar y me apresuré a sentarme en el sofá del vestíbulo sin saber por dónde entraría. Me veía segura ahí, aunque me advirtiera antes, y esperé. Fue por la principal —había acertado—, y aunque entró despacio y sin esconderse —igual que cuando éramos pequeñas— esta vez no hubo el habitual «¿qué tal mis niñas?» que todavía sigo añorando, y que recuerdo que ocurría en esa hora frágil de las cinco en la que nada más oír su voz cambiaba hasta el color de la casa —decía yo— , mientras aupada en una caja o alzada por mi madre, esperaba a que me viera la primera».  Palabras bastardas, 2026.

Una novela contemporánea sobre la maldad, el silencio y la culpa.

Reseña de Amaya

22 de abril de 2026

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¿Y si encontrases una libreta de uno de tus antepasados… de tu abuelo… y al abrirla descubrieses que no era solo un recuerdo, sino la llave a un pasado lleno de códigos, espionaje y secretos que nunca debieron salir a la luz?

Eso es exactamente lo que plantea esta novela: un viaje entre el presente y la Segunda Guerra Mundial, donde una familia aparentemente normal se ve arrastrada a reconstruir una historia fragmentada, peligrosa y profundamente humana. A través de Ema y sus hermanos, el lector entra en una búsqueda que va mucho más allá de descifrar un código: es una necesidad de entender quiénes son, de dónde vienen y qué significa realmente heredar una memoria marcada por el dolor y la resistencia.

El eje de la historia gira en torno al abuelo Enrique, una figura envuelta en misterio, cuyo pasado como agente vinculado a redes de inteligencia y a la descodificación de mensajes cifrados durante la guerra se revela poco a poco. Lo que comienza como curiosidad se transforma en obsesión, y lo que parecía historia se convierte en algo peligrosamente vivo.

Uno de los mayores aciertos de la obra es su capacidad para entrelazar planos sin perder coherencia ni intensidad: el horror del nazismo, la tensión del espionaje, los avances en criptografía y, al mismo tiempo, la intimidad de una familia que discute, se quiebra, se protege y trata de sostenerse. El código deja de ser solo un elemento narrativo para convertirse en símbolo: capas ocultas de identidad que deben descifrarse para alcanzar la verdad.

Los personajes destacan por su humanidad. No hay héroes idealizados, sino personas atravesadas por el miedo, las dudas y las contradicciones. La narradora evoluciona desde la ansiedad y el desconcierto hacia una determinación firme por preservar la memoria, mientras sus hermanos aportan miradas complementarias —más racionales, más escépticas— que enriquecen el relato y lo dotan de equilibrio.

Leer este libro es enfrentarse a preguntas incómodas: ¿Qué harías tú con una verdad así? ¿Hasta dónde llegarías para descubrirla? ¿Y qué ocurre cuando el pasado deja de ser pasado? La novela se convierte así en un relato poderoso sobre la memoria como legado, el peso del trauma histórico, la lucha contra el olvido y la necesidad de nombrar la verdad, incluso cuando duele. Es, en esencia, una historia sobre resistencia: la de quienes vivieron el horror y la de quienes, generaciones después, se niegan a que ese horror se diluya.

En cuanto a la pluma, es uno de los grandes pilares de la obra. La voz es íntima y cercana, casi confesional, capaz de generar una conexión inmediata con el lector. El autor se mueve con naturalidad entre lo cotidiano y lo histórico, alternando escenas familiares con reflexiones profundas sin que el ritmo se resienta. Destaca especialmente su habilidad para combinar registros: desde el lenguaje técnico de la criptografía y el espionaje hasta pasajes cargados de lirismo y simbolismo. Las metáforas —el código, la guerra, la propia escritura— no solo enriquecen el texto, sino que le añaden capas de lectura que invitan a detenerse y reflexionar.

La estructura fragmentaria, construida a través de diarios, recuerdos y diálogos, refuerza esa sensación de reconstrucción constante, como si el lector también participara en el desciframiento de la historia.

En conjunto, es una escritura reflexiva sin resultar densa, emocional sin caer en el exceso y detallada sin perder tensión. Una pluma que no solo cuenta una historia, sino que la hace sentir.